20 a los 36

¿Qué más decir de Roger Federer? Mucho. Hay quienes se hacen esa pregunta y yo respondo que opinar sobre el mejor tenista de todos los tiempos (para muchos) es un placer.

Las palabras no sobran, solo adornan y engalanan lo que el suizo hace dentro y fuera de la cancha. Porque para ser un deportista profesional, no sólo brilla en el recinto específico de acción, sino que lo que hace mientras no está con una raqueta de tenis en la mano lo hace aún más grande.
¿Más grande? ¿Más grande que quién y que qué? Porque seamos sinceros, 20 títulos de Grand Slam no son sólo un puñado de trofeos o un número bonito y par. Y mucho menos si para llegar a ese tan ¿inesperado? título N° 20 Roger ganó tres GS en doce meses. Si, a los 36 años.
Pero sería interesante examinar que pasa a su alrededor, porque el análisis puede prestarse a pensar en que lo logró porque los “otros grandes” como Rafael Nadal, Novak Djokovic y Andy Murray no llegaron hasta la final de ésta edición del Abierto de Australia, tropezaron o no se presentaron. Pero permítanme decirles, que llegar entero física, mental y espiritualmente forma parte del mérito y eso no es una casualidad. Ese es el entorno de este tenista, porque su preparación se da al máximo nivel y no deja detalle librado al azar. Desde que se entrena o entra en calor, se ducha en el vestuario y sale a la cancha, la concentración y dedicación es tal que lo lleva a ser el mejor. No es que no suceda en otros casos, en este nivel de profesionalismo es lo común, pero Federer siempre tiene un aspecto diferente y que lo distingue.
Las lesiones también aparecieron en su vida, tal como hoy las sufren los tenistas más arriba mencionados. Pero lo más sorprendente, es que logró sobreponerse a la última cirugía de rodilla como si fuese un pibe.

La estadística debe ser nuestra aliada para entender que hace Roger en su trabajo. Entre otros récords, dentro de la rama masculina, es el más ganador en torneos de Grand Slam, lo sigue Nadal con 16. Además, alcanzó 30 finales, 43 semifinales, 52 cuartos de final, 60 octavos de final, 332 victorias y 72 participaciones. No dejan de ser números, pero son el termómetro ideal para comparar con datos crudos y concretos la calidad excepcional y única que posee Roger Federer.
Lo interesante, y es donde pongo el foco, es que después de ganar el título de Wimbledon (su especialidad) en 2012, estuvo más de cuatro años sin levantar otra corona Major y pareciera que puso primera y que no se detiene… no se acaba su combustible.
Lejos de correr el eje luego de haber sido padre por duplicado por dos, ha dejado en claro en varias oportunidades ante la prensa que su prioridad es la familia. Quizás, ocuparse de lo más importante en su vida a partir del nacimiento de sus mellizas, lo haya encaminado a enfocarse aún más en su carrera.
Como siempre señalo y escribo, celebro ser contemporánea a deportistas como Roger y Lionel Messi (y la lista podría amplificarse, ustedes lo están haciendo mentalmente). Me pasa algo similar con ambos y es que cuando los veo jugar, me siguen sorprendiendo. Pero, ¿cómo puede ser que el mejor dentro de lo que hace te siga sorprendiendo si es el mejor? De eso se trata, de dejarse llevar por los sentidos y disfrutarlos. De quedarse boquiabierto cuando pareciera que ya hicieron todo y más. De aplaudir y emocionarse con verlos alcanzar la gloria.

Hace tiempo que muchos nos preguntamos hasta cuando veremos al suizo en acción. Como todo ciclo, en algún momento esa magia tendrá un fin y seguramente lo veremos en otro rol vinculado al tenis, o quizás no, pero mientras tanto, les comparto que me provoca mucha nostalgia pensar que en algún momento no muy lejano, no lo veré más en ese rol que más me gusta. Intento hacer el ejercicio de vivir el ahora y no pensar en ese futuro.
Seré monotemática en tanto y en cuanto este señor siga haciendo de las suyas.
Vigencia. Esa es la clave para que hoy “Su Majestad” haga delirar al mundo entero con sus maravillas en el deporte blanco.